Camarg.- 9 de enero del 2026. El inicio de este nuevo año no llega con calma al escenario político nacional. Por el contrario, arranca de manera áspera, tensa y profundamente polarizada, reflejando el hartazgo de una ciudadanía que exige cambios, pero que aún no logra vislumbrar con claridad si dichos cambios conducirán a un verdadero avance o simplemente a una reconfiguración de los mismos vicios dentro de las administraciones en turno.

La percepción social es clara: algo no está funcionando. Sin embargo, también es evidente que, aunque aún es tiempo de corregir el rumbo, muchas autoridades parecen más ocupadas en proteger estructuras de poder que en subsanar la deuda histórica que mantienen con el pueblo.
La situación política que hoy vive México es caótica y poco común para las generaciones actuales. No se observaba un clima similar desde hace más de tres décadas, cuando en los años sesenta, setenta y ochenta el país atravesaba crisis políticas y sociales profundas. Hoy, el fenómeno se reproduce a todos los niveles: federal, estatal y municipal, con un desgaste acelerado de las instituciones y una pérdida constante de credibilidad en los partidos políticos.
Uno de los rasgos más visibles de este deterioro es la migración constante de actores políticos: personajes que se suben a un partido, lo abandonan, se afilian a otro, o crean nuevas plataformas sin una ideología clara. Otros, en cambio, se aferran a estructuras internas que, lejos de unir, fragmentan aún más a las organizaciones. Esta conducta ya no es exclusiva de un solo partido; se ha convertido en una práctica generalizada que erosiona la poca cohesión que aún subsiste en la vida partidista del país.
A nivel federal, el partido en el poder comienza a mostrar signos de desgaste, reflejados en la pérdida de gubernaturas y presidencias municipales. Mientras tanto, los partidos tradicionales —PRI, PAN y PRD— viven una crisis aún más profunda, reducidos a unas cuantas curules y con una militancia desdibujada, producto de años de decisiones alejadas de su base social.
Se habla constantemente de reestructuración y renovación, pero en los hechos poco cambia. Los mismos métodos, los mismos liderazgos y las mismas imposiciones prevalecen. La verdadera transformación no vendrá de discursos ni de alianzas coyunturales, sino de devolverle el poder de decisión a las bases, permitir que sean ellas quienes definan a sus candidatos y a sus representantes.
Incluso, no debe descartarse la posibilidad de que los verdaderos perfiles de unidad no provengan de la política tradicional, sino de ciudadanos apartidistas con capacidad, honestidad y visión administrativa. Porque gobernar, al final, no es un ejercicio de protagonismo ideológico, sino una tarea de administrar con responsabilidad, cuidar los recursos públicos y destinarlos de manera eficiente en beneficio de la sociedad.
México no necesita más partidos debilitados ni más figuras recicladas. Necesita liderazgos con vocación de servicio, estructuras abiertas a la crítica y gobiernos que entiendan que administrar es servir. De lo contrario, el cambio que hoy se exige corre el riesgo de convertirse únicamente en un relevo de nombres, sin transformación real.
