Columna Política: Rumbo al 2027: F.A.M.O.
11 de Mayo del 2026. Por décadas, la política mexicana ha transitado entre promesas, campañas y discursos que, con el paso del tiempo, terminan perdiendo credibilidad ante una sociedad cada vez más cansada y desconfiada. Hoy la pregunta ya no es solamente si la política está en crisis, sino si la misma sociedad ha caído en una profunda incredulidad provocada por años de incumplimientos, simulaciones y gobiernos alejados de la realidad ciudadana.

La crisis comienza desde el interior de los propios partidos políticos. Los grupos y corrientes internas pelean espacios de poder antes incluso de que lleguen los tiempos electorales, olvidando que el verdadero objetivo debería ser representar a la ciudadanía y atender sus necesidades. Las candidaturas se convierten muchas veces en disputas personales, acuerdos de grupo o imposiciones que poco tienen que ver con las exigencias reales de la población.
Y mientras la clase política se enfría en luchas internas, la sociedad acumula reclamos. Reclamos que nacen desde las pequeñas comunidades rurales hasta las grandes ciudades. Desde un presidente seccional hasta el presidente de la República, pasando por alcaldes, diputados, senadores y funcionarios, todos terminan siendo señalados por una misma causa: la falta de resultados y el abandono de los compromisos hechos en campaña.
La credibilidad política se ha deteriorado tanto que incluso los propios partidos recurren constantemente a figuras recicladas o a personajes provenientes de otras fuerzas políticas, buscando mantener campañas vivas con rostros que la ciudadanía ya considera desgastados. La política moderna parece vivir más de la imagen que de los proyectos.
Pero también existe responsabilidad social. Una ciudadanía polarizada, dividida y, en ocasiones, demasiado influenciada por discursos en redes sociales, termina alimentando un ambiente de confrontación y desinformación. Hoy cualquiera detrás de un micrófono, una página o una red social puede influir en la percepción pública, muchas veces sin contexto, sin responsabilidad y sin un análisis profundo de los problemas reales.
La consecuencia es una sociedad emocionalmente agotada, donde las campañas terminan reducidas a propaganda, regalos o intereses momentáneos. Después, cuando los gobernantes llegan al poder y olvidan sus compromisos, surge nuevamente el reclamo ciudadano: “No pensamos que fuera a pasar esto”. Sin embargo, el problema de fondo es que muchas veces se elige más por emoción, por popularidad o por intereses inmediatos que por perfiles preparados y cercanos a las verdaderas necesidades de la población.
Gobernar no debería ser un experimento. Un presidente municipal, un diputado o un gobernador tendrían que conocer las problemáticas reales de sus municipios, distritos y estados. La ciudadanía necesita perfiles capaces, con visión y con proyectos sólidos, no únicamente figuras construidas por campañas publicitarias.
Hoy el campo reclama abandono. Las ciudades reclaman inseguridad, falta de empleo, servicios deficientes y sistemas de salud rebasados. Las carreteras destruidas, las calles deterioradas y la falta de infraestructura son síntomas de problemas que no comenzaron ayer, sino que vienen acumulándose desde hace décadas por una cultura política de conformismo.
Cada administración que falla deja consecuencias profundas. Tres años de malas decisiones pueden representar el retroceso de un municipio entero. Se pierde inversión, se deterioran servicios y crece la desconfianza ciudadana.
Por eso, más allá de partidos y colores, la sociedad enfrenta un reto urgente: exigir perfiles preparados y gobiernos responsables. Ya no basta con discursos ni campañas emotivas. La ciudadanía necesita funcionarios que entiendan su papel como administradores temporales del interés público y no como dueños del poder.
Los regidores deben asumir su función de vigilancia y representación. Los diputados deben legislar pensando en las necesidades reales de la gente y no en intereses partidistas. Los gobernantes deben cumplir compromisos y rendir cuentas. Y la sociedad, por su parte, debe involucrarse más allá del día de la elección.
Porque mientras se siga aceptando “más de lo mismo”, la política continuará en crisis y la sociedad seguirá atrapada entre el desencanto y la frustración.
